"Viajar es sagrado: la humanidad viaja desde la noche de los tiempos, en busca de caza, de pasto, de climas más amenos. Son raros los hombres que consiguen comprender el mundo sin salir de sus ciudades. Cuando viajas - y no me refiero al turismo, sino a la experiencia solitaria de viaje - cuatro cosas importantes suceden en tu vida:
a) estás en un lugar diferente. Entonces, las barreras protectoras ya no existen. Al principio esto da mucho miedo, pero al poco tiempo te acostumbras y pasas a entender cuantas cosas interesantes existen más allá de los muros de tu jardín.
b) porque la soledad puede ser muy grande y opresora, tú estás más abierto hacia personas con quienes normalmente no cambiarías palabra si estuvieras en tu casa, como camareros de restaurante, otros viajeros, empleados de hotel o el pasajero sentado a tu lado en el autobús.
c) pasas a depender de los otros para todo: conseguir hotel, comprar
algo, saber como tomar el próximo tren. Descubres entonces que no hay nada malo en depender de los otros sino que, por el contrario, esto es una bendición.
d) estás hablando un idioma que no comprendes, usando un dinero cuyo valor desconoces, caminando por calles por donde nunca estuviste. Sabes que tu antiguo Yo, con todo lo que aprendió, es absolutamente inútil ante estos nuevos desafíos, y empiezas a descubrir que, enterrado allá en el fondo de tu inconsciente, existe alguien mucho más interesante, aventurero, abierto hacia el mundo y las experiencias nuevas.
"Viajar es la experiencia de dejar de ser quien te esfuerzas en llegar a ser para transformarte en aquello que eres."
De un cuerdo a otro loco
viernes, 4 de marzo de 2011
domingo, 28 de noviembre de 2010
¿Importante?
Es importante saber qué es importante. Innegablemente, es una tarea de tiempo completo, por lo cual –por medio de éste desesperado medio- facilitaré nuestro exhaustivo trabajo.
¿Cuál es el sentido de vivir? No es una pregunta complicada para quién se ha puesto a pensar en ello. Sencillamente es ser feliz. Sin embargo, llama la atención ver la tremenda confusión que éste fin, le ha ocasionado al hombre, pues, termina pensando que ser feliz es: tener dinero, una linda casa en una linda urbanización, una bella(o) esposa(o), un auto de lujo, un trabajo estable y bien remunerado, un perro, una piscina, una empleada o quizá dos, un curriculum lleno de logros, entre otros laxos pre-requisitos para “ser feliz”.
Consecuentemente, ésta confusión ha acarreado el desarrollo de una mentalidad crecientemente utilitarista - valgo en tanto soy útil- , en la que uno vale por su aporte a la sociedad, al grupo, al gremio, a sus “amigos”, e incluso a su familia.
Consecuentemente, ésta confusión ha acarreado el desarrollo de una mentalidad crecientemente utilitarista - valgo en tanto soy útil- , en la que uno vale por su aporte a la sociedad, al grupo, al gremio, a sus “amigos”, e incluso a su familia.
Desde la escuela nos van motivando a estudiar una carrera profesional, proponiéndonos los beneficios “útiles” de éstos, y protegiéndonos de tomar una decisión equivocada como por ejemplo, seguir artes, o peor aún, tomarnos un tiempo antes de decidir. Rememoremos con frases como: “¿Qué va a ser de tu vida?”, “Estas contra el tiempo”, “Los artistas se mueren de hambre en este país”, “Me rompo el lomo, para que tu tengas una oportunidad”, “estas desperdiciando tu vida”, etc. ¿Y qué hacemos al respecto? Muchos, estudian derecho porque les gusta leer, o porque no les gustaban las matemáticas en el colegio, otros estudian ciencias por las razones contrarias, y actualmente, muchos estudian ingenieras por la promesa de un buen sueldo. Fatalmente, hoy nuestra felicidad ha quedado condicionada a nuestro éxito profesional.
¿Y si no ingreso a la Universidad? ¿O no me interesaba ninguna de las carreras que mi ciudad me ofrece estudiar? Pues, en la escuela, veía que quienes no sabían qué estudiar estaban desesperados, sus familias preocupadas, y sus profesores decepcionados. Finalmente, sin convicción alguna, escogían cualquier carrera, que si la culminaban, sería mediocremente.
¿Y si no ingreso a la Universidad? ¿O no me interesaba ninguna de las carreras que mi ciudad me ofrece estudiar? Pues, en la escuela, veía que quienes no sabían qué estudiar estaban desesperados, sus familias preocupadas, y sus profesores decepcionados. Finalmente, sin convicción alguna, escogían cualquier carrera, que si la culminaban, sería mediocremente.
Pienso que el mundo está de cabeza. En los pasillos de las universidades vemos alumnos estresados y decepcionados de sí mismos… ¿por un examen desaprobado?, vemos a quienes colocan su valoración entera… ¿en sus calificaciones? De la mano con esto, también vemos grupos excluyentes, vemos como la lealtad se va diluyendo, la confianza se va perdiendo, y comienza una competencia de todos contra todos en la que cada uno vela por… ¿ su futuro? Yendo más allá, en ámbitos que preocupan aun más, vemos familias fracturadas por la monotonía, la intransigencia, la indolencia, el estrés, sin embargo, importa más conservar… ¿el trabajo? – Mi familia se está destruyendo a sí misma, pero me preocupa más la idea de quedar desempleado-.
Para el hombre de hoy es más importante tener una profesión antes que cumplir sus sueños, mantener un empleo antes que proteger a su familia, tener dinero antes que conservar su dignidad, vestirse bien antes que conocerse a sí mismo.
Impresiona cuan enceguecido puede llegar a estar el hombre para pensar que es más importante ser moderno, que ser feliz.
jueves, 25 de noviembre de 2010
El buen Teddy.
Hay un niño –un pequeño genio llamado Teddy- que en la cubierta de un barco charla animadamente con Nicholson, un profesor universitario. Los dos conversaban en un nivel intelectual bastante alto sobre las palabras y las cosas. Eligen, para empezar, el ejemplo de un simple trozo de madera. El profesor dice que se trata de algo fácilmente reconocible: tiene una medida de largo, otra de ancho, un peso determinado. Teddy no está de acuerdo y niega las dimensiones que su interlocutor atribuye al objeto. Todos creen que las cosas se detienen en un cierto punto – argumenta-. Y eso no es así. La única razón por la cual parecen detenerse en cierto punto es porque la gente no conoce otra manera de mirarlas.
A continuación Teddy le pide a Nicholson que levante un brazo.
- ¿Cómo se llama eso? –lo provoca.
- ¿Y cómo se va a llamar? Brazo.
- ¿Cómo lo sabe? -insiste el joven-. Usted supone que se llama brazo, ¿Pero quién le dijo que es un brazo? ¿tiene alguna prueba?
- NIcholson se cansa del rumbo absurdo que va tomando la conversación y le dice: terminemos con tantas vueltas, esto es un brazo y se acabó. Y tiene que tener un nombre para que se le pueda distinguir de los demás objetos.
Teddy no se inmuta. Me está dando una respuesta vulgar y yo estaba tratando de ayudarlo. Usted debe querer saber cómo hago para salir de las dimensiones finitas cuando quiero. Le voy a responder. Simplemente no empleo la lógica cuando lo hago. La lógica es lo primero que hay que dejar de lado… ¿Usted se acuerda de la manzana que Adán comió en el jardín del Edén como se cuenta en la Biblia? ¿Sabe lo que había en esa manzana? Lógica. Pura lógica y demás cosas intelectuales. Eso es lo único que tenía adentro. Usted debería vomitar todo eso cuanto antes. Si lo hace no va a tener más problemas con trozos de madera y no verá los objetos como detenidos en el tiempo. Sabrá qué es en realidad su brazo. Pero la mayoría se resiste a ver las cosas como son. Nunca vi a tanta gente comiendo manzanas como ahora.
El profesor queda perplejo. Pero antes de despedirse quiere hacerle a Teddy una última pregunta:
- ¿Qué harías si pudieras modificar el sistema de enseñanza?
- No sé qué haría –piensa el joven-. Pero creo que primero reuniría a todos los alumnos y les enseñaría a meditar. Trataría de llevarlos a descubrir quiénes son y no simplemente cómo se llaman… antes les haría olvidar lo que les dijeron sus padres y los demás. Quiero decir: aunque los padres les hayan dicho que un elefante es grande, yo les sacaría eso de la cabeza. Un elefante es grande solo cuando está a lado de otra cosa, digamos, un perro, una señora… es más: ni les diría que un elefante tiene trompa. Lo máximo que haría sería mostrarles el elefante si tuviera uno a mano; pero los dejaría ir hacia el animal sabiendo ellos tanto de él, como el elefante de ellos, es decir, nada. Lo mismo haría con el pasto y el resto de lo existente. Ni siquiera les diría que el pasto es verde. Los colores son solo nombres sin sentido. Porque si usted les dice que el pasto es verde, van a empezar a esperar que tenga un aspecto determinado, ese que usted les enseñó, en vez de algún otro que puede ser igualmente bueno y quizá mejor. No sé. Yo les haría vomitar hasta el último pedacito de manzana que sus padres y todos los otros les han hecho morder.
El profesor, cada vez más confundido, atina a replicar:
- ¿No correríamos el riesgo de formar a una generación de pequeños ignorantes?
- ¿Por qué? –contraataca Teddy-. El hecho de que se sea de cierta forma en lugar de comportarse de tal otra no significa que alguien sea un ignorante.
Agradecimientos a Luis Gruss, por el magnífico aporte.
miércoles, 24 de noviembre de 2010
Un olor a jabón barato [en "combi"].
Después de mucho esperar, note que la "combi" que me deja a cuadra y media de casa, se aproximaba. Levanté el brazo para "detenerla". Como era de esperarse una jauría de gente bajó de la combi y otra subió -en esa jauría estaba yo-.
Solo quedaban dos cuadras antes de bajarme. Pronto, mi tortura acabaría. La de la pobre y educada joven aun no. Al hombre se le veía entretenido, y a ella... satisfecha.
Mala suerte, todos los asientos ocupados. Frente a la puerta, decididamente me quedé parado. Gente entraba y subía, pero nadie lograría moverme de mi actual posición. Podían meterme codazos, pisarme los dedos, e incluso posar sus húmedas axilas en mi hombro, pero no sería suficiente para conculcar mi voluntad. No claudicaré; hoy no.
Una anciana subió. Inmediatamente una señorita se levantó y le cedió el asiento de modo muy educado. Tenía el cabello ondulado, la tés trigueña, espalda delgada y descubierta y un vestido que caía hasta la mitad de sus bien tonificados muslos; me vio y sonrió, sentí la inclinación de embestirla, pero, propio de mi, viré la vista hacia otro lado y me relajé viendo el paisaje de la ciudad.
Miento. Cada rompe-muelles y esquina violentamente tomada, era razón suficiente para ver la bella figura que formaba su vestido al hacer contacto con sus glúteos, más aun, saber que ella se había percatado de mis peripecias, y consciente de ello, no mostraba incomodidad alguna, invitándome a desprenderme de mi actual guarida y a acercarme poco a poco -tras cada esquina mal tomada - a su figura.
No muy lejos de aspirar sus desnudos hombros; casi sintiendo su aroma a shampoo y jabón barato, un hombre, de figura amorfa y brillante, por causa de la transpiración de su frente y pecho, camisa abierta hasta el tercer botón y mal acomodada al pantalón, como si acabase de orinar, subió a la combi y arbitrariamente ocupó mi puesto de batalla. Un relevo que jamás pedí, un atropello. Gordo de mierda -pensé-.
Una anciana subió. Inmediatamente una señorita se levantó y le cedió el asiento de modo muy educado. Tenía el cabello ondulado, la tés trigueña, espalda delgada y descubierta y un vestido que caía hasta la mitad de sus bien tonificados muslos; me vio y sonrió, sentí la inclinación de embestirla, pero, propio de mi, viré la vista hacia otro lado y me relajé viendo el paisaje de la ciudad.
Miento. Cada rompe-muelles y esquina violentamente tomada, era razón suficiente para ver la bella figura que formaba su vestido al hacer contacto con sus glúteos, más aun, saber que ella se había percatado de mis peripecias, y consciente de ello, no mostraba incomodidad alguna, invitándome a desprenderme de mi actual guarida y a acercarme poco a poco -tras cada esquina mal tomada - a su figura.
No muy lejos de aspirar sus desnudos hombros; casi sintiendo su aroma a shampoo y jabón barato, un hombre, de figura amorfa y brillante, por causa de la transpiración de su frente y pecho, camisa abierta hasta el tercer botón y mal acomodada al pantalón, como si acabase de orinar, subió a la combi y arbitrariamente ocupó mi puesto de batalla. Un relevo que jamás pedí, un atropello. Gordo de mierda -pensé-.
Mis ojos no se apartaban de la escena: el gordo se acercó con la misma habilidad que yo en un inicio, y aprovechando que la combi se presumía llena, pegó su asqueroso vientre, a la esbelta espalda de la pobre. Pensé en algún modo de liberarla, ella merece algo mejor tras de su espalda. Un vientre con menos manteca y vellos, un vientre joven y enérgico dispuesto a complacer sus más oscuros deseos carnales.
Todo iba de mal en peor. La joven se veía incomoda tras la constante fricción entre su cuerpo y la del usurpador de camisa verde. Me limitaba a verlos. El hombre, una y otra vez, pegaba su asquerosa "panza" para luego proceder a montar su pelvis en los glúteos de la pobre joven. Ella, indefensa como un ciervo, no podía más que recibir aquellos violentos empujones con total sumisión. Yo, me sentía impotente por no poder evitar aquel ultraje; lo sucia que se sentiría la pobre tras haber sido palpada de tan violento modo, era para mi, inimaginable. Tras cada oportunidad, el agresor, retornaba a su perezoso y sexual ejercicio. En ella se percibían marcas de sudor, del mismo que brotaba de aquel hombre.
Todo iba de mal en peor. La joven se veía incomoda tras la constante fricción entre su cuerpo y la del usurpador de camisa verde. Me limitaba a verlos. El hombre, una y otra vez, pegaba su asquerosa "panza" para luego proceder a montar su pelvis en los glúteos de la pobre joven. Ella, indefensa como un ciervo, no podía más que recibir aquellos violentos empujones con total sumisión. Yo, me sentía impotente por no poder evitar aquel ultraje; lo sucia que se sentiría la pobre tras haber sido palpada de tan violento modo, era para mi, inimaginable. Tras cada oportunidad, el agresor, retornaba a su perezoso y sexual ejercicio. En ella se percibían marcas de sudor, del mismo que brotaba de aquel hombre.
Solo quedaban dos cuadras antes de bajarme. Pronto, mi tortura acabaría. La de la pobre y educada joven aun no. Al hombre se le veía entretenido, y a ella... satisfecha.
lunes, 22 de noviembre de 2010
De un cuerdo a otro loco.
Soy esclavo de mi mismo.
He creado una cárcel, imposible de burlar.
Me siento en el mismo lugar, me levanto a la misma hora, visito los mismos lugares y rara vez no como lo mismo. Y no es nada simple cambiar eso, pues en pequeños detalles lo noto: no puedo bañarme en agua fría. Estoy amaestrado.
Temo reaccionar, como si hacerlo me dañara potencialmente. Temo desarmar a mi oponente por miedo a caer en el intento, cuando realmente, quien debe temer es quién algo tiene que esconder, esté sentado en sillón de madera o de paja.
Temo por lo que puedo ser capaz de hacer. Yo mismo me rebajo para sentirme más seguro. Me rebajo - quizá- para sentirme aceptado, porque temo rebelarme contra mis propios límites.
Como descubrir que hay algo más allá y que nadie más que tú se da cuenta. Como descubrir América sin haberte levantado de la cama.
“Me siento al borde de la verdad
No a la que siempre vi
Y suena tan tonto
Quisiera olvidar mis palabras.
Y pánico da, que no me atrevo.”
Hoy, me dije: dejaré de temer.
… y tengo más miedo que nunca.
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